Poniendo mis esperanzas en una baya tornasolada, en una fiebre
tornasolada, pensando en porqué odiabas tanto a los hedonistas (¿será porque
harían lo que fuera por su felicidad?) la verdad que a mí me gustaban bastante,
por la misma razón que siempre dabas. Si se hace treinta, se hace treintaiuno.
Entre cuadrúpedos y ermitaños, la culpa, el olor, la falta de luz, es enserio...¡la
falta de luz! ¿Cómo podría afectarme tanto el apagón? Sin embargo lo que desató
la implosión interna fue el polar finito. El polar finito ese me hizo sacar de
quicio, me hizo gritar porque no me gusta la sensación de la piel recién bañada
y el polar finito tocando mi piel, encima todo lleno de pelusas, apelotonado, y
soportarle la cara a “Muere Muere”, a sus aversiones y sus quejas. Comiendo la
fruta radical y esperando al radical, al fideo radical, a la avispa roja. Qué
nefasto ya no pensar en la Boca, en la Boca tan esperada, primero contemplada,
deseada, platónica. Hoy tan Sartriana, chiquita, arrojada a mí, arrojada al
mundo, quizás, como yo. Porque no es fácil llegar a la conciencia (de) uno
mismo. Pero el otro día lo hice, pero claro, cuando me di cuenta que lo hacía,
casualmente, dejé de hacerlo, y era conciencia (de) conciencia. Era conciencia
conciencia.
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