jueves, 24 de mayo de 2018

El insecto papelero

Carlos era un hombre al que le robaban los libros. No en vida. Muerto. En vida era un hombre agradable, pensador, en fin, un hombre moderno. Recuerdo que mecía a su criatura mientras esta lloraba y tambaleaba; creo que el sujeto no sabía muy bien que estaba haciendo. Su bebé miraba el techo de la casa y se preguntaba porqué tenía un agujero negro; todavía no manejaba las categorías "cable", "luz", "entrada", etc. Porque el agujero negro era eso; un hoyo hecho en el techo para que pudiera haber algo de luz artificial. Pero no viene esto al caso, ya que, ni el bebe manejaba esas categorías, ni Carlos podría haber sabido nunca que su bebé estaba observando el agujero en el techo.
Recuerdo que, años después, le causo gracia escuchar a su criatura comentando, mientras iban al parque, que lo peor que le podía pasar a un ser humano era tener sueño y hambre a la misma vez. No era la gran cosa, pero Carlos se sintió sumamente reconfortado al escuchar que su criatura ya empezaba a, aunque sea de manera concreta, pensar.
Llegaron al parque y cuando una hamaca quedó libre, Carlos incitó a su criatura a balancearse en la misma. Era extraño, porque todos los niños y niñas querían hamacarse, pero ninguno hacía uso de esa hamaca, amarilla, mal pintada, mal lijada. En fin. La cuestión es que Carlos levanto a su hija por las axilas y la transportó hacia arriba de la hamaca. Le gritó algo asi como "cuando vayas para adelante, las piernas para arriba!", y apenas la niña lo hizo, la hamaca se despatarró completamente y la niña se cayó, rompiendo en llanto, odiando a su padre, sintiéndose avergonzada. ¿Pero qué era eso de la verguenza en un niño más que un equívoco insignificante? Para la criatura era mucho. De hecho, toda su vida fue así, avergonzada, áspera, a veces chillona, pero siempre insegura. Incluso murió así. Nunca nadie entendió bien porque, cualquiera hubiera dicho que una niña tan capaz nunca hubiese tenido una idea de sí misma tan pésima. La niña había llevado al parque una muñeca y, como todos los otros niños ya estaban burlandose a costa de ella, decidieron —Carlos y su criatura— que no era tan importante la burla, por lo que por esa tarde, su niña podía jugar sola con su muñeca —que era del tamaño del mismo tamaño que ella— en el arenero. A la niña no le gustaba la arena, pero ya manejaba categorías como "lástima" o "pena", por lo que decidió no decirle nada a su padre. En realidad, la niña ya pensaba que su padre seguro no sabía mucho cómo manejar esto de tener una hija —y eso que era la tercer persona que traía al mundo— y que seguro su madre lo hacía mejor. Esas son cosas que también se las habían metido en su pequeña mente desde bebé, cuando miraba el agujero de la casa. No es que la madre fuera mejor o peor, simplemente había un supuesto en la familia que sobreentendía que la mamá hacia mejor la tarea. Pero no vine aqui a hablar de eso. Otro día, Carlos decidió no salir con su criatura y dar un paseo con sus amigos sumamente intelectuales y amantes del estudio de la psiquis humana. La feria, llena de libros referentes al campo humano, era algo asi como rizomática; uno se mareaba con solo caminar. Si uno compraba algo en cada puesto respetando el orden de los mismos, podía volverse a su casa con un pollo vivo, un kilo de rabanitos, un trompo, una cafetera rota, un teclado desprendido de una computadora, alguna especie de comida china, un libro acerca de la gestualidad japonesa y alguna otra cosa más. Carlos y uno de sus amigos, José, quien había ido con su hijo —cercano a la edad de la criatura de Carlos— se paseaban por la feria hasta que un puesto les llamo demasiado la atención: máquinas descuartizadas, teclados, cables, resortes, discos duros, tarjetas de memoria, etc. El feriante, un hombre con la cara gris pero la nariz roja y aboniatada de tanto alcohol, flaco pero con una inmensa panza y un pelo desagradable, les recomendó
—Aquí hay un disco duro que tiene unas imágenes con las que cualquier hombre en la tierra sentirá una dicha inexplicable. No sé si me entiende, —
Claro que se le entendía. El hombre tenía contenido porno en uno de sus discos duros y eso, para los intelectuales, no significaba ningún pecado. De hecho, compraron el porno que allí había y, si se preguntan si alguien sintió culpa por ello, la respuesta es negativa.
Lo que ninguno de esos hombres sabía era que la criatura de José estaba escuchando y entendiendo todo. Cuando llego a la adolescencia, —también inseguro, aunque no murió inseguro— dudó múltiples veces en comentarle a la criatura —ya mujer, adolescente, con senos enormes pero intocables para él— acerca de la antigua compra de su padre. Finalmente, aunque no es que lo haya meditado demasiado, le comentó torpemente a su amiga, la niña de Carlos, que su padre había comprado porno en la feria, y que dejara ya de decir que sus padres iban juntos a comprar libros porque eran amantes de la literatura y la epistemología y esas cosas que a pocas personas realmente les importan. No. Iban a comprar material para luego masturbarse y luego eyacular, en el mejor de los casos. Afortunadamente, la criatura se había convertido en adolescente; una especie de radical sexual pro-pornografía y sadomasoquismo —raro, porque nunca se la vio o escuchó haciendo uso de materiales de esa índole—. Una corriente del feminismo que seguramente, años después despojaría; ¿el motivo? seguramente la inseguridad, el no pender de nada, el sentimiento de la inexistencia de un sosten, cimientos, quien sabe. Ya no se a que me refiero. 
Un día la adolescente llegó a la casa; Carlos ya estaba bastante enfermo, era obvio, aunque no se entendía asi entre las cuatro paredes de la casa donde convivía la familia, que Carlos iba a morir pronto. Ese día, la adolescente llegó tres horas después que la policía llamara a la casa a informar que la adolescente no había asistido a su curso de ingles y que por cierto, se la habia visto drogandose en un muro con algo asi como "menores consumidores de drogas graves". También dijo el policía que la criatura era un poco bastante contestataria y que eso no era bueno. La familia agradeció la información y luego cortaron (¿cómo se agradece eso?). Llegada la desalineada, quien habia vomitado en la esquina de su casa a raíz de una reaccion baso vagal producida por las primeras veces que había consumido cannabis, se sienta en una mesa y empieza a recibir discursillos de parte de todos. Primero el hermano del medio:
—Oh—
Y bien gracias.
Luego el segundo hermano:
—has llegado totalmente drogada a esta casa. ¿tu no te ves la cara? no puedes mantenerte con la cabeza erguida. ¡Mantené la cabeza erguida! Estas muy gorki—.
—Pero es que quisiera irme a mi cuarto a dormir, realmente me siento mal— dijo la adolesciente
—¡Pues no! Si te drogaste, ahora quiero que te quedes en la mesa luchando con tu propio cuerpo, a ver si podes mantenerlo al menos en su posición habitual—
Entonces la adolescente empezó a incorporarse y reincorporarse en una silla que a esa altura ya odiaba, odiaba todo lo que la rodeaba, odiaba todo menos la esquina en la que había vomitado. Nunca supo bien porqué. Purga. 
Así pues, aparece la madre legítima y Carlos, hombre moderno e ilustrado.
Madre: ¡¿Pero por qué les diste tu numero de teléfono y tu nombre reales?!, grandiosa pregunta para un drogado. 
Carlos: En realidad valoro la honestidad de haber dado tus verdaderos datos, pero la jugada no fue del todo astuta.— Observó a Matilde y le susurró 
"No le digas que lo que tiene que aprender a partir de esto es a mentir"
Nunca se entendió cuál hubiera sido la lección correcta o el aprendizaje acertado.
El hermano mayor, insistente ¿sadico? ¿taxonomía furiosa? ¡No subas al cuarto, quédate acá! ¿Cuál era la idea, pedagogizar o ver sufir? No viene al caso. Además, la adolescente, cuando logró entrar en lucidez, sensatamente ignoró a su hermano. 
La verdad es que Carlos estaba muriendo y hasta podría decirse que era una falta de respeto que tuvieran una conversación tan banal en semejante momento. A la criatura le causo mucha gracia, igualmente, el intento de disciplinamento de su familia. Realmente era cómico; la idea era la misma, disciplinar a la criatura, pero desde lugares todos ellos bien distintos, contradictorios, incompatibles. Ellos seguían discutiendo acerca de cómo civilizar a la orangutana que vivía con ellos; aquella egoista que inmadura solo podía pensar en sí misma. Sigilosamente, la adolescente se deslizo hacia abajo por la silla y fue caminando lenta y plácidamente hasta su cuarto. Esa noche no se escucharon los típicos toc-toc que los familiares operan en las piezas ajenas a modo de reconciliación o replanteo de lo definido como problema de convivencia. 


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